19 de diciembre de 2014


La búsqueda se extiende como llama.
Las plumas del águila acarician las yemas de mis dedos. Froto mis manos y con ellas formo un cuenco para recibir al humito. Reverencio y agradezco. Cierro los ojos. Respiro llevando el aire a mi entrecejo y dejo que el humito me enseñe, lo dejo leerme, sanarme, recorrerme.


 y la conexión es profunda: mis ojos son sus ojos. 


El bosque con su murmullo de hojas secas y búhos silenciosos extiende su compasión en ese vaivén de sus ramas, que abrazándolo todo, respiran la calma y regalan la paz. El olor a tierra y madera, la quietud. Me inclino ante la medicina de los árboles, la naturaleza, ese lugar sagrado dentro de mí.   





Abuelita, abuelita de los mil hechizos, de piedras dorado o azul. Abuelita de trenzas espesas y moños de colores. Abuelita que chasca su lengua mientras masca las hojas de coca. Abuelita de estrellas y tierra mojada, de aves nocturnas y sapos cantores. Amiga de los elementos, confidente de los elementales, amante de las lecturas, aliada del humito. Aliada de las infinitas formas, sabe descifrar y leer la naturaleza. Enlazadora de mundos, puente entre las almas que van y vienen, tiene el don de traer la palabra. Amontona las piedritas en círculo y va acomodando cada elemento en su dirección. La pluma al sur, la piedra triangular al este, el agua hacia el norte y el fuego con sus medicinas al oeste. Pide por su tierra, por sus ancestros, por ella, les pide permiso para sanar y con los ojos cerrados, cantando suavemente, se arrodilla sobre la tierra y espera la luna creciente. Abre los ojos para ver, el humito habla, es ahora. 



BASTA PARA MI, BASTA PARA TODOS!