17 de septiembre de 2014

Las runas rodaron por el mantel de mi tátara abuela. Era la era de acuario y hacía un calor que hacía parir a los insectos y quitaba el sueño a los animales. Mi tátara abuela, la bella de pelos blancos, me enseñó a ver las estrellas, curar, la sabiduría de las plantas y el agua. Me enseño que el agua se lleva las penas y limpia al mundo. Siempre rodeada de su medicina y sus amores. Y así sabia ella como curar los dolores del alma, con su agüita mágica, sus dotes de maga y esa mirada que contenía al universo. Mágica como pocos seres en este mundo, un día me canto las canciones de la tierra, me conto que todo está vivo y que hay que respetar y amar todo lo que aquí vive. Me dijo que si prestaba la suficiente atención lo invisible dejaría de serlo e iba a encontrar formas de comunicarme con lo que me rodeaba. Me explicaba que todos los seres tienen su misión. Le pregunte cual era la suya y riendo me dijo: curar. Hoy extraño sus manos arrugadas y sus melodías de antaño, con tus pies ligeros y los pelos al viento, esa energía de puro movimiento.

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BASTA PARA MI, BASTA PARA TODOS!